Medicamentos biológicos, una revolución en el tratamiento de enfermedades

Van dirigidos a la diana terapéutica de forma mucho más precisa que los convencionales

La llegada de los medicamentos biológicos a mediados de los años ochenta revolucionó la forma de tratar las enfermedades. Tres décadas más tarde, continúan siendo la solución para muchos pacientes y suponen una nueva esperanza para el tratamiento de patologías, especialmente las que tienen que ver con el sistema inmune.

En contraposición a los fármacos convencionales, que se producen mediante síntesis química, los biológicos son medicamentos que se obtienen utilizando un organismo vivo. Si bien tratamientos como la insulina y las terapias avanzadas (la génica y la celular) también cumplen este requisito, cuando hablamos de biológicos nos solemos referir a los anticuerpos monoclonales. Son proteínas que producen los seres vivos como sistema de defensa a agresiones externas y que pueden modificarse para que cumplan funciones terapéuticas concretas, bloqueando dianas terapéuticas específicas o activando el sistema inmune contra ellas

Los efectos terapéuticos de los fármacos convencionales, de origen químico, pueden ir acompañados de efectos secundarios que afectan su tolerabilidad y pueden limitar su uso. En el caso de los anticuerpos, al ser sustancias de origen natural que tienen un mecanismo de acción que imita a la naturaleza, el organismo los reconoce como propios, lo que limita las reacciones adversas. Los fármacos biológicos, aparte de ser mejor tolerados, “permiten sobre todo acceder a dianas terapéuticas concretas de manera más selectiva, e interferir el curso de la enfermedad de forma más específica”, afirma Jorge Beleta, director de Relaciones Institucionales de Almirall, compañía que está orientada también a innovar en este tipo de medicamentos para buscar nuevas soluciones terapéuticas.

Los medicamentos biológicos comenzaron a utilizarse en trasplantes de órganos para evitar el rechazo y en el tratamiento de linfomas. Otros, como los anti TNF, tienen un uso muy extendido en enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide. “En estas patologías, el propio sistema de defensa reconoce como extrañas estructuras del propio organismo y las ataca”, señala este científico. Los fármacos biológicos son capaces de bloquear eficazmente este ataque. El cáncer es otro campo terapéutico en el que los anticuerpos monoclonales están siendo decisivos, al ayudar a vencer la enfermedad con la estimulación del propio sistema inmune.

Estas medicinas también están teniendo un papel esencial en dermatología. En psoriasis, primero los anti TNF, seguidos de otras terapias aún más específicas y eficaces, han conseguido cambiar la vida de muchos pacientes, dirigiéndose a la causa profunda de la enfermedad. En dermatitis atópica, una enfermedad de tipo alérgico generada también por una disfunción del sistema inmune, con mucha incidencia en niños, estos fármacos están logrando mejorar su calidad de vida de manera muy importante.

Los biológicos viven una auténtica explosión en estos momentos. Almirall ha decidido apostar decididamente por ellos y cuenta con varias moléculas, comercializadas o en diferentes fases de desarrollo, para patologías como la psoriasis y la dermatitis atópica.

Las principales limitaciones de estos fármacos vienen de su complejidad estructural y gran tamaño molecular. Ello hace que su administración deba ser mediante formulaciones inyectables, si bien las dosis suelen ser más espaciadas en el tiempo que los medicamentos convencionales. Por otro lado, su producción, al estar basada en sistemas biológicos, debe seguir procesos más complejos, lo que aumenta los costes.

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