De todas las patologías identificadas, no cabe duda que las oncológicas son las que asustan más a las personas.

El dolor es subjetivo. Tener más o menos depende, en muchos casos, de la propia persona. Este es el principal problema para tratarlo. Es quizá lo que más asuste de una enfermedad, pasarlo mal, sufrir, que duela. Sin embargo, el dolor es una señal de nuestro cuerpo para avisarnos de que algo no está funcionando correctamente. Por eso es importante que el paciente o sus familiares expliquen al médico con detalle el tipo de dolor, su intensidad y sus características para que éste pueda identificar el proceso patológico, mejorar su sintomatología y establecer el tratamiento más adecuado. En casos de pacientes oncológicos más o menos avanzados, contribuir a mantener la mejor calidad de vida de la persona.
El médico no puede saber exactamente qué dolor tiene el paciente, es una experiencia personal. No es medible con un termómetro ni con una báscula, porque no todo el mundo siente el dolor de la misma manera. Puede ser agudo o crónico si acompaña al paciente toda la vida. Para valorarlo es preciso conocer la máxima información. El método de evaluación del dolor mediante Escala Visual Analógica (EVA) es una práctica clínica cada vez más utilizada, que autoevalúa la intensidad del dolor. Consiste en una especie de regla cuyos extremos tienen la mínima y máxima intensidad del dolor, de tal forma que es el propio paciente quien la mide del 1 al 10. “De todas formas, es muy difícil saber cuánto le duele algo a alguien. Por eso hay preguntas indirectas como si pueden descansar bien por la noche, que es un buen indicativo, o si pueden trabajar o levantarse, para que corroboren en cierta manera el número de dolor que él mismo ha marcado en la regla”, explica Carme Busquets, jefa de la Unidad del Dolor del hospital Clínic de Barcelona.
Para diseñar un tratamiento es necesario conocer las características del dolor, especialmente si es continuado y cuánto tiempo hace que perdura. En base a las diferentes respuestas, el especialista va modulando el perfil que marcará su posterior tratamiento. “La individualización en estos casos es muy importante porque cada paciente siente diferente, por lo tanto, cada tratamiento será distinto”. Además, un punto delicado es el de la invalidez laboral. Dependiendo de la intensidad del dolor, el especialista tendrá que decidir si la requiere o no. “Hay gente que del dolor obtiene cierta ganancia y lo puede exagerar. Nuestro papel es complicado ya que intentamos buscar la coherencia, a veces con la ayuda de un psicólogo”, apunta Busquets. La mayoría de pacientes visitados en las unidades de dolor crónico son lumbalgias y ciatalgias, dolor que se irradia por la pierna y en muchas ocasiones viene acompañado por malestar en la zona lumbar. La artrosis, dolores de cabeza, enfermedades neurodegenerativas y problemas vasculares son otras causas frecuentes de dolor. De hecho prácticamente todas las patologías presentan dolor, la diferencia está en la localización, la intensidad y la duración.
Un caso curioso es el de pacientes a los que se les ha tenido que amputar alguna parte del cuerpo o se les ha realizado una extirpación por un tumor, como puede ser de mama. En estos casos puede aparecer dolor del miembro “fantasma”. Notan la falta del miembro y les duele porque el cerebro todavía no ha registrado esa ausencia y necesita un tiempo para adaptarse. Es muy difícil de tratar, aunque en la mayoría de casos esta sensación desaparece con el tiempo.
De todas las patologías identificadas, no cabe duda que las oncológicas son las que asustan más a las personas. No sólo por el dolor que posiblemente conllevará el proceso, sino por ser todavía el cáncer el gran desconocido. Sin embargo hoy en día existe un gran abanico de herramientas para atenuar o, incluso, conseguir que desaparezca. El dolor aparece cuando el tumor por crecimiento o invasión afecta a terminaciones nerviosas encargadas de dar la señal de alarma. Entre un 40-90% de pacientes padecen dolor en algún momento de su enfermedad, un 50% en el momento del diagnóstico y un 80-90% en la fase terminal.
Según la parte o estructura del cuerpo dañada o comprimida por el tumor se pueden considerar tres tipos de dolor en el paciente oncológico: somático, visceral y neuropático. El somático es aquel que se desarrolla a nivel de la piel, músculo o hueso. Es un dolor relativamente fácil de localizar por el paciente que puede ser superficial o profundo. El dolor visceral se origina por daño o presión de los órganos o vísceras. “Es el causado por un tumor de estómago, páncreas o riñón, por ejemplo. Es percibido como un dolor profundo difícil de localizar por el paciente”, señala Pere Gascón, jefe de Oncología Médica del mismo hospital. El neuropático aparece cuando se ven afectadas las estructuras del sistema nervioso. Es un dolor muchas veces ocasionado por atrapamiento de estructuras nerviosas por invasión tumoral. Se calcula que en un 75% de los pacientes su dolor está originado por más de dos causas. Para el tratamiento inicial se pueden utilizar anti-inflamatorios como regla general. “De tratarse de un dolor leve en muchas ocasiones este paso es suficiente, al menos inicialmente. Si el dolor es más intenso se añade un opiáceo menor y si es muy fuerte se pasa a otros fármacos como puede ser la morfina”, explica Gascón.